abr 1, 2012
jaimevaldes

Guerras actuales: entrevista a Zygmunt Bauman

Estamos tan acostumbrados a escuchar de ellas, que ya pasan desapercibidas. Sin embargo, están ahí. Son las guerras actuales, persistente fenómeno de las sociedades de nuestra época.

Más de 50 conflictos armados; países efectados por ejércitos de intervención; operación de militares profesionales de Estados o ejércitos privados de mercenarios; fuerte acción del poder hegemónico de EEUU y sus aliados, para preservar beneficios y posiciones, bajo una legitimidad sustentada en la noción de “guerra de civilizaciones”; enormes ganancias de empresas privadas multinacionales que actúan en pos del control de recursos y en la venta de armamento; pérdida de la libertad de los ciudadanos que no deciden su destino; verdades oficiales establecidas por los medios; y millones de personas civiles sufriendo abusos, arbitrariedades, genocidios o por la condición de refugiados.

Al final,  las disparidades y desigualdades se mantienen, las armas están por doquier y las organizaciones internacionales son incapaces para generar la paz mundial. La guerra continúa.

El suplemento Ñ ha publicado un número dedicado a las guerras actuales. Reproduzco la entrevista realizada al filósofo Zygmunt Bauman. Y al final los links para algunos artículos.

Pregunta:   ¿Cómo caracteriza a esta era? ¿Es una era de paz, de guerra o una combinación de ambas posibilidades?

Habiendo unas cincuenta guerras en curso, desde Aceh, pasando por todo el alfabeto hasta Yemen, ¿podemos llamar a esta época “una era de paz”? Difícilmente. No obstante, tampoco podemos llamarla una era de guerras. Los conflictos armados en este tiempo tienden a comenzar sin ser declarados y continúan aparentemente en forma indefinida, convirtiéndose en el camino en un “estado normal”…. Terminan lentamente, por agotamiento, por cansancio, por desgaste antes que dramáticamente, mediante conferencias de paz y firmas de acuerdos. Además, la mayoría de las guerras que se libran en la actualidad no se llevan a cabo entre Estados, sino entre las “dirigencias” y los “rebeldes” o entre dos o más partes hostiles del mismo país –regionales, tribales, étnicas, religiosas, ideológicas- cuando no son simplemente pandillas rivales financiadas por fuentes en conflicto.

¿Crear enemigos es parte del juego de la guerra? ¿Es un elemento clave de la naturaleza del capitalismo?

Sí… Además de todos sus fines explícitos o tácitos, las guerras (hostilidades abiertas contra un enemigo designado, derramamiento de sangre, creación de hechos consumados con la esperanza de que lleguen a un punto de no retorno) son una forma importante de asertividad en una campaña hacia el papel de actor importante en el juego de poder. Frederic Barth, gran antropólogo noruego, observó que contrariamente a la creencia general, las fronteras no se trazan (y no se excavan trincheras) debido a las diferencias entre poblaciones vecinas, sino que las diferencias se espían, agudizan y magnifican debido a fronteras que después de haber sido trazadas están exigiendo explicación y consolidación… Mientras que Carl Schmitt, revalorizado actualmente como un importante teórico político del siglo pasado, optó por la “designación de un enemigo” como el acto constitutivo de toda la política y un rasgo determinante de la soberanía política, Carl von Clausewitz sugirió, como es sabido, que la guerra es una extensión de la política por otros medios. Yo me pregunto si el orden ahora no se habrá invertido…

El filósofo italiano Giorgio Agamben dijo que después de 1914 vivimos en un estado de excepción y, por consiguiente, en un estado permanente de guerra. ¿Qué piensa de esa opinión?

En mi vocabulario hay otro término: interregno. Declarar y mantener un “estado de excepción” es una prerrogativa y un signo de un Estado soberano: “interregno” (un término que tomé de Antonio Gramsci) es por otro lado un estado que deriva de una condición con múltiples centros: de una soberanía que flota sin un lugar obvio donde echar anclas y que se convierte en un objetivo en la lucha de poder. Yo reconozco la condición planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Antonio Gramsci, las viejas formas de hacer las cosas ya no funcionan, en tanto todavía no se han diseñado e implementado formas más nuevas y efectivas. El viejo orden fundado hasta hace poco sobre un principio igualmente “trino” de territorio, Estado y nación como clave de la distribución planetaria de la soberanía, y sobre el poder aliado aparentemente para siempre a la política del Estado-nación territorial como su única representación operativa, está muriendo a esta altura. La soberanía ya no está pegada a ninguna de las entidades ni elementos del principio trino; como mucho, está atada a éstos pero sin rigor y en proporciones mucho más reducidas en tamaño y contenido. El supuestamente inquebrantable matrimonio del poder y la política está, por otro lado, terminando en una separación con una perspectiva de divorcio. Por esa razón, justamente, todo puede llegar a pasar en el estado de interregno, mientras que nada puede emprenderse con una seguridad de éxito.

Hay corrientes y filósofos diversos que piensan que estamos viviendo una época en la que ha vuelto el humanismo, donde la persona es el centro de las discusiones. Pero, ¿es posible cuando persisten guerras permanentes?

¿El “humanismo’”ha vuelto? ¿De dónde? En toda la era moderna no se movió demasiado –estuvo constantemente en el horizonte, como un objetivo más que como una descripción del status quo– un ideal todavía no alcanzado pero deseable y deseado y del que se hablaba de la boca para afuera ocasionalmente; pero, al mismo tiempo, mayormente conspicuo por su ausencia de las realidades de la vida cotidiana o con cierta forma de presencia –pero de una manera muy alejada del ideal. Y “humanismo” significa más, mucho más que “poner a la persona en el centro de la discusión”. Significa, como dijo Richard Sennett recientemente, una “cooperación informal, abierta” –un precepto considerado crucial para elevar la integración social desde el nivel de los Estados-nación al de la humanidad planetaria… “Informal” significa: la cooperación no se introduce con normas de procedimiento preconcebidas –las normas para proceder surgen durante la cooperación. “Abierta” significa: ninguna parte considera su posición a priori buena o apropiada, cada parte se abre a los argumentos de ambas partes, acordando tanto aprender como enseñar. Y “cooperación” (distinto de la mera “discusión”) significa que todos los participantes se benefician, en vez de caer en ganadores y perdedores… Este tipo de “humanismo” está actualmente en el horizonte de nuestra interdependencia planetaria –pero repito, hasta ahora no tanto cerca de la realidad como en su horizonte… De todos modos, su presencia no carece de significado: obliga a los agresores militares a pedir disculpas por matar “civiles inocentes”, aunque no necesariamente implique detener la matanza. Las víctimas tienden a ser “justificadas” como “daño colateral” causado inadvertidamente en la lucha por una causa justa…

¿Cómo se expresa la idea de liquidez, en tanto cambio, transitoriedad, en la guerra? ¿O, en realidad, debemos hablar de paz líquida?

En nuestra condición de interregno, la “liquidez” se manifiesta principalmente en lo tenue, lo contencioso y lo frágil de la línea que separa la guerra y la paz, así como también en un carácter “no estructurado” de gran número de hostilidades. Rara vez enviamos hoy ejércitos expedicionarios para destruir al adversario. Tendemos a recurrir a medios más “humanos”, como por ejemplo sanciones punitivas; éstas, no obstante, castigan principalmente a los mismos “civiles inocentes”. Según muchas estimaciones, murieron más niños iraquíes debido a la desnutrición causada por las sanciones impuestas de los que resultaron muertos en el transcurso de la acción de guerra…

Desde la más temprana antigüedad, los países luchaban por territorios. ¿Se podrían imaginar guerras por el agua, distintas clases de energías o el oro, por ejemplo?

Históricamente, sí; quizá, de manera más espectacular en la era de la construcción de país y la soberanía territorial (distinta de controlada a distancia). Pero desde entonces hemos tenido (y todavía tenemos y muy probablemente tendremos) un número creciente de guerras por otros intereses: petróleo, minerales, pero principalmente por la eliminación de líderes políticos “recalcitrantes” o regímenes que tratan de desarrollar una política económica autárquica y resistente a las presiones de los mercados globales y la circulación global de los productos básicos, las finanzas y los capitales. A medida que disminuyen los recursos naturales, el acceso a éstos podría desempeñar perfectamente un rol creciente entre los factores que llevan a la guerra.

¿Qué simboliza la existencia de ejércitos privados operando como si nada en las guerras de esta época?

Lo más seminal y amenazador es la tendencia a apartar del control político (democrático, popular) las acciones militares y la responsabilidad por sus consecuencias; tal vez sea un primer paso hacia la sujeción del uso de la fuerza y el ejercicio de la coerción a las fuerzas del mercado y a los criterios que éstas despliegan y promueven. Asimismo, es un medio de silenciar de antemano el probable disenso popular contra la guerra; cuando mueren en acción, los soldados profesionales por contrato que prestan servicio por su propia voluntad a las empresas que los contrataron muy probablemente desatarían una indignación mucho menor a nivel nacional y provocarían mucho menos resentimiento popular y protesta que los soldados conscriptos llamados a servir al país y que eran sometidos a corte marcial en caso de desobedecer al llamado o si se negaban a prestar servicio. Es probable que la actividad de soldado se convierta en otro empleo voluntariamente aceptado, que traiga aparejados como todos los empleos, sus propios riesgos profesionales específicos… De esa forma se podría extraer el veneno político de los aguijones de la guerra…

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