La trampa de la esperanza
Se nos ha dicho que la esperanza es una virtud, que hay que tener esperanza. ¿Cómo la entendemos?
Como la fantasía de estar en espera que ya aparecerá un modo de alcanzar en el futuro lo que anhelamos para el presente. “Ojalá ocurra algo”. También se nos dice que si no existe esperanza, caeremos en la desesperación y el pesimismo.
¿Es posible cuestionar la esperanza como virtud y suponer que vivir en ella más bien encierra una trampa, que además nos hace esconder el miedo?
He descubierto hace poco, desde una experiencia colectiva, que la esperanza nos engaña.
Esperar que algo ocurra presupone que no tenemos eso que ansiamos. Pensamos en obtenerlo y nos sentimos mal por no conseguirlo. Para evitar ese malestar, nos atrapa la ilusión de un mañana que se concretaría sólo por creer en él. Nos damos vueltas y vueltas, día tras día, esperando y esperando, en esa dimensión bien estrecha de desear algo y aguardar que ocurra. Como atrapados, sin disponer de un espacio más amplio, fresco y abierto. Y así vamos viviendo en una tóxica esperanza, sin tener lo suficiente.
La esperanza también nos oculta otro fenómeno. La vivencia de anhelar algo que no poseemos es desagradable, no nos gusta. Esconde un resquemor hacia nosotros mismos y la situación del presente. En vez de estar agradecidos de lo que tenemos y sentir cariño por nuestro propio mundo, nos resentimos porque no está disponible lo que deseamos. Y al estar así, en vez de acercarnos al logro esperado, esta visión nos aleja más y más de él, hasta el punto ser invadidos por una frustración casi agresiva. Esperanza cargada de mala onda.
No se trata de confundir esperanza con entusiasmo, ni optimismo. Eso es otra cosa. La alegría surge precisamente de manera natural cuando no vivimos pegados en la esperanza, cuando vivimos con la mente más abierta, habitando nuestro cuerpo en el presente. En ese estado podemos agradecer la vida y el mundo que tenemos. Un mundo que está cambiando, a pesar de nosotros. Un mundo en el cual podemos tomar acción ahora, de manera intrépida, en vez de vivir esperando un quizás.
Porque sabemos que el peldaño está ahi. Y podemos dar el paso, en completa confianza.
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